Se desquita Evans, absurdo de España
¿Nadie va a decir que el papel de España en el Mundial de ciclismo fue decepcionante? Tal vez es exigir demasiado, pero a falta de diez kilómetros para la meta, sólo quedaban nueve ciclistas en cabeza y tres eran españoles. Dos de ellos, Valverde y Sánchez, con buena punta de velocidad. Faltó y falló la estrategia, pudo pesar que el seleccionador, José Luis de Santos, debutaba. Se lo debían haber jugado al sprint, igual que hizo Italia en los Mundiales de 2002 con Cipollini, no hubo más historia, otro oro para la squadra azurra y el broche ideal para el más grande de los llegadores. Hay que diferenciar si se trabaja como equipo o se quiere ganar con individualidades, esta vez España apostó por las individualidades y se equivocó. Purito era el más fuerte, pero eso no quiere decir que sea el mejor para disputar el oro. Se debían haber controlado los saltos en esos diez kilómetros, el seleccionador debía haber sacrificado a Purito en esas tareas, y haber apostado por el sprint de Samuel, medalla de oro en los Juegos de Pekín llegando con un grupo reducido, y Valverde, dos platas y un bronce en los Mundiales, pero no fue así. Se prestó demasiada atención a Cancellara, quien arrasó el pelotón con su potencia, pero estuvo especialmente vigilado, y a Cunego, principal baza italiana y plata en el anterior campeonato, pero estaba sólo, porque su selección se había hundido.
En medio de la incertidumbre saltó Evans y con él las dudas, el eterno segundón, el Poulidor del siglo XXI. No lo dudaron Kolobnev y Rodríguez. Era la fuga buena, donde se iba a disputar el oro. Pero el australiano era más fuerte y dejó a sus dos compañeros en la Torrazza de N
ovazzano, una cuesta engañosa, de 1700 metros con desniveles del 10%. Pedaleaba con rabia, con una fuerza extra que le daban sus dos podios en el Tour y el de la Vuelta de este año, la necesidad del desquite. Administraba el magnífico estado en que había terminado la Vuelta, por detrás Purito y Kolobnev dudaban, no tiraban, el español miraba para atrás, con dudas, sin saber qué hacer, buscando respuestas en Valverde y Samuel a los que no encontraba con la vista debido a la distancia, se encontró en un abismo, sólo quedaba él, como el año pasado, era la esperanza española, pero era tarde, Evans ya había adquirido suficiente ventaja y pedaleaba como nunca. El australiano, con cara de corzo desesperado por el acecho de sus cazadores cruzó la meta como campeón del Mundo, casi no lo celebró. Tal vez ni se lo creía, tantos años de frustración, de desengaños, de mala suerte, se veían recompensados. Su habitual cara triste, de desamparo y desarraigo se transformó en una enorme satisfacción justo al lado de su casa en Suiza. Ganó en casa. El año próximo el Mundial es en Australia, también podrá ganar en casa. Enhorabuena.
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