jueves, 27 de noviembre de 2008

LA ARMADA GANA SU TERCERA DAVIS

La pelota pasó lejos de Acasuso que la observó desesperado, casi agotado. Había estado luchando casi 4 horas, para ver como finalmente, después del primer bote, esa bola amarilla caía, cada vez más de acercaba al suelo, era imparable, hasta que por fin dio el segundo bote . Su mente se nubló, sus ojos se enrojecieron, juntó las manos y pidió perdón a un país que veía como perdía su tercera final de la Copa Davis. En el otro lado de la pista, un joven madrileño de 25 años estaba tumbado sobre el suelo, soñando que cumplía la ilusión de su vida: dar a su país el punto decisivo de la Davis. Ese joven era Verdasco al que una marea roja despertó para hacerle disfrutar de su sueño. Pero para poder llegar hasta aquí, España tuvo que pasar tres eliminatorias: los octavos contra Perú, 0-5. Almagro y Robredo en los individuales y Feliciano y Verdasco en los dobles, de turismo por Lima; los cuartos fueron contra Alemania, 1-4, Nadal y Ferrer hicieron los deberes; las semifinales, en Las Ventas, España ganó 4-1 a EE.UU. otra vez victoria de Nadal y Ferrer en los individuales.

Se llegó a la final. La bomba estalló cuando el mejor tenista del mundo, Rafael Nadal, confirmó su lesión y que, por tanto, no acudiría a la final de la Davis. Argentina comenzó la celebración y cómo sería la fiesta con la ensaladera en la mano, sin olvidar, que debía haber un recinto a modo de pista donde poder dar rienda suelta a la pasión y al orgullo patrio. Pero descuidaron el piso, lo hicieron demasiado rápido, esto favoreció el juego español. El primer partido lo disputaron el viernes 21. Ferrer, número 1 español, contra Nalbandián, número 2 local. No hubo dudas. El argentino fulminó al español, lo barrió de la pista: 6-3, 6-2, 6-3 fue el resultado. El pesimismo cundió en la expedición española y en la opinión pública, volvió a aparecer el espíritu victimita que pensaba que la victoria sería un milagro. En Mar del Plata el champan se puso a enfriar, las neveras llenas.

A continuación saltaron a la pista el argentino, Del Potro, contra el español, Feliciano López, quien debía ganar, si quería recoger la ensaladera el domingo. El primer set lo ganó el gigante argentino por 6-4. Las copas sobre la mesa esperando las burbujas del champán. Pero Feli reaccionó, sus ojos de joven despistado se abrieron al oír: “vamos, vamos Argentina… Vamos, vamos a ganar”. Y se acordó de los anteriores héroes de la Davis: Ferrero, Moyá, Nadal… Él no podía ser menos, era su oportunidad. Empezó a mandar misiles con su brazo izquierdo hecho de acero toledano, a los que Del Potro no pudo responder y acabó el partido lesionado. Con una enorme fe en sus posibilidades, Feliciano dio el primer punto para España: 4-6, 7-6 (7/2), 7-6 (7/4) y 6-3.

Sábado. 1-1 en el marcador. El champán sin inmutarse; pero Nalbandían desesperado, se animó a jugar el dobles. Caleri- Nalbandían contra López-Verdasco. Punto estratégico, vital y de suma importancia. España para no perder la costumbre y para que nadie se apresurase a desconectar los desfibriladores, perdió el primer set, 5-7. Fue sólo una tregua. La pareja europea era superior y así lo demostró, su compenetración fue exquisita y se llevaron el gato al agua ganando los tres siguientes sets: 7-5, 7-6 (7/5), y 6-3. España se adelantaba en el marcador, 2-1. La nevera se apagó, serías dudas en Argentina.

Los de rojo habían ganado un partido clave y estratégico en el ecuador de la final. Argentina no podía fallar. El domingo 23, Acasuso, sustituía a un lesionado Del Potro, que jugaría su partido contra… Verdasco, para sorpresa de muchos, que pensaban que sería Ferrer el que defendiese los intereses españoles. Verdasco ganó fácil el primer set. Acasuso estaba muy nervioso, con errores que no eran dignos de final de una Davis y un revés muy impreciso. De esto se dio cuenta el español y bombardeo con su derecha el revés del argentino; pero Chucho no se rindió, mordió dos veces y ganó los dos siguientes sets. Verdasco cardiaco, más pendiente de pedir consuelo al banquillo español que de jugar. El público local lo había convertido en un jugador de 10 centímetros, estaba achicado, no se le veía. Mientras en Argentina vieron la luz: camareros, ancianos, mayordomos, tenientes, parados o ministros volvieron a conectar sus neveras y dar brillo a sus mejores copas, estaban a un solo set. Lo de después de Nalbandían parecía hecho.

Verdasco dio el estirón, si agigantó, no quería ser menos que Feliciano y/o, tal vez, no deseaba volver a casa y ver desolada a su novia, la también tenista, Ana Ivanovic. Volvió a ser el del primer set y recordó a todos que él era el número 16 del mundo y su rival, Acasuso el 48. El argentino roto, no podía más: demasiado esfuerzo, exceso de presión. Verdasco disfrutó como nunca. Le salían todos los golpes y estos no encontraban respuesta. Resolvió por la vía rápida 6-1, 6-1.

Lo que sucedió después, todos lo sabemos, ya os lo he contado. Gloria para unos, miseria para otros. España recibió su tercera Copa Davis, la más inesperada y la primera fuera de casa. La cara de los tenistas argentinos era una ruina; pero de la grada surgió una voz, a la que acompañó otra, y a éstas unas pocas más, a las que irremediablemente se sumaron todo el pueblo argentino, para reconocer que España era justo vencedor. Se alzó la copa y estalló un confeti en forma de lágrimas albicelestes, alguien, un argentino cualquiera, salió de los vestuarios hacia el centro de la pista con una botella en la mano, se la regaló al equipo español, estos la abrieron, probaron… y sí: el champán aún estaba frío.

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